28 de diciembre de 2015

Dulce despedida

Como me gustaría poder sentarme a tu lado ahora mismo y escucharte hablar, aunque no diga nada, aunque ni siquiera me puedas ver, callada, sólo quiero sentirte, verte y conocerte de nuevo, con cada palabra, con cada sonrisa, con cada mirada; quiero despertar de este sueño sin fin, quiero ser y estar, quiero poder probar tu cariño una vez más, sé que me llenaría tanto…




Hoy al despertar, sentí que estaba dispuesta a recordar, nada fácil si soy sincera, pues el recordarte duele, la brecha más profunda y a la par la más liviana, ha sido la tuya; hasta el momento casi no he llorado tu ausencia, pues aún y de algún modo, te siento a mi lado; de todas formas, de vez en cuando mi cuerpo vuela por las noches hacia ese lugar mágico y ahora sagrado, donde descansas y los ojos se me llenan de lágrimas. En mi mente se repite una y otra vez aquel sentimiento de vacío, esa angustia, ese grito ahogado al verte caer al agua, y juntarte con un golpe sordo a aquella mar relajada que te esperaba cual cuna, para abrazarte, guardarte y protegerte; mas en tierra… aquellas caras… aquellas almas que quisieran también, esperar a que volvieras. Si pudiera volver, intentaría darles fuerzas, pues en ese momento ni siquiera tenía las suficientes para sostenerme en pie; todos queriendo ser fuertes por los que teníamos al lado, y sintiéndonos acogidos por ellos mismos, sólo faltabas tú, y también estabas allí… fue así como entonces, mirando al vacío, sobre una manta de rosas, nos despedimos, en silencio, con dolor, pero con mucho amor; cada uno de nosotros pronunció para si un último y dulce TE QUIERO y un duro y penúltimo ADIOS. 

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