... Así que la miró a los ojos y sin inmutarse le dijo que no, que ya nunca más la querría, que sus manos; que ayer le ofrecían sustento y calor; hoy eran unas completas desconocidas, sus brazos, ya nunca más serían su casa, y sus labios, tierno manjar divino, nunca volverían a rozarla. -¿Por qué?- preguntó en voz alta ella conteniendo su dolor dentro del pecho - Simplemente por ser prueba de que estamos vivos y todo pasa, todo cambia, nada permanecerá invariable por mucho que te aferres a ello pequeña,... ¿O es que no te das cuenta que ni siquiera yo soy el mismo?-
Sorprendida por aquella contestación, dio involuntariamente un paso atrás, insegura incluso de si misma -"¿Cómo que ya no era el mismo?"- Bajó la cabeza sintiendo cómo el corazón se le salía dolorosamente del pecho, nunca antes había tenido esa sensación. Por su cabeza pasaron miles de recuerdos hermosos de los cuales había sido protagonista gracias a aquel que tenía frente a si, casualmente en todos y cada uno de ellos rememoraba una única constante... unos ojos marrones acogedores, apasionados y penetrantes que la miraban como si nadie más existiese, y que la llenaban de calor y paz, algo así como si se tratara de un superpoder oculto. -"Eso es,... "- pensó - "... tengo que comprobar si aún sigue ahí, si todavía guarda algo de amor en sus ojos".
Nunca antes un acto reflejo tan banal, como el de alzar la cabeza, le había resultado tan complicado y eterno, quizá fuera por el miedo a lo que podría evidenciar.
Al fin lo consiguió, él continuaba plantado fría y distantemente frente a ella, y su pulso invariable conseguía que su respiración fuera una clarividencia de lo que sus ojos reflejaban, NADA, ni un sólo ápice de calor o de amor, era como si estuvieran frente a un completo desconocido.
Pude comprobar como ella se retorcía en un escalofrío que le recorrió entera de arriba abajo y fue sólo entonces cuando entendió que verdaderamente nada permanece, así que sus ojos se enjuagaron las lágrimas, sin dejar de clavar su mirada en los de él; fue entonces cuando adivinó que nunca volvería a sentirlo como antes y sus manos, temblorosas, se cerraron con dureza en un puño; fue entonces cuando pacientemente decidió cerrar la puerta que le llevaba a recordarlo o a sentirlo querido y así, allí mismo, aquel corazón que cabalgaba sin mesura, por pura rabia y dolor, se endureció radicalmente convirtiéndose en piedra; no sería la primera vez.
Fue, sólo entonces, cuando al verlo desde fuera, sentí incluso que sus ojos se apagaban y como si me atravesaran con una lanza ardiente el corazón exhalé un grito ahogado al oír de los labios de aquella auténtica desconocida, cual robot -¡Ok!, Avancemos página. Adiós por siempre corazón. Ha sido un gran placer.

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