Existen muchas historias de
piratas, muchos cuentos en los que caballeros fornidos luchan en bastas batallas
contra guerreros, titanes e incluso contra su propia muerte en forma de generales;
más nunca se vieron piratas que sangren.
Hoy he visto sangrar a un pirata, lo he visto llorar y dolerse… Hoy a aquella criatura que yo veía como mágica y de la que una de forma extraña y maravillosa me enamoraba, se desmoronaba ante mis ojos. Ya nada tenía sentido para mí, ¿Cómo poder continuar luchando en mi vida, si aquel ejemplo al que me aferraba, ya no era garantía? –“Nada hay de garantía salvo la muerte”-escuché hoy de sus labios.
Tan oscuro era su dolor, que ni una pequeña luz de esperanza, lograban atisbar sus ojos. No es posible que aquel, que un día levantó del lodo todo mi mundo con la templanza de sus manos, caiga hoy, sin yo hacer nada, ¿Debo convertirme ahora en su ejemplo?, ¿Podré con mi insignificante mano levantar de nuevo ese velero, que tiempo atrás, le sustentaba?, ¿De dónde sacar la fuerza necesaria?...
Miro tu rostro y el miedo se escapa… Sueña ahora mi dulce pirata, súmete en ese mar de posibilidades infinitas, donde los orcos, trasgos, brujos, gigantes y piratas, aún ganan a las princesas encantadas de los cuentos de hadas. Sueña y duerme mi pirata, pues mañana has de despertar y enfrentarte, una vez más, a esta vida real, mas no te preocupes, yo seguiré aquí a tu lado, y daré hoy y siempre, por ti, lo que haga falta para ayudar a tu suerte.
Créeme dulce pirata, nadie perece por caer, por muy profundo que sea el abismo, hasta el más grande de los gigantes tiene derecho a hacerlo, pero de la misma forma que todos caemos, tenemos la obligación de levantarnos.
Toma mi pulso, cambiemos el rumbo, toma mis fuerzas, tengo de sobra, pues por fin he descubierto que gracias a ti la tuve, y por, y para ti, siempre la tendré.

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