Me
encanta llegar a esta casa donde he pasado la parte más dulce de mi vida y
recordar cientos de detalles que espero nunca olvidar, sentarme en esta mesa…, lo suficientemente justa
como para sustentar un portátil y un pequeño block de notas, la cual me
resultaba enorme en su día y en donde escribía, ya de aquella, historias
increíbles con finales inusuales.
Las paredes ya no tienen el
color de entonces, ahora parecen incluso más vivas, pero en ellas sigo encontrando
los mismos dragones, niños, animales y corazones escondidos bajo el gotelé. Entre estas mismas cuatro paredes mis tardes de juego podían ser tan
mágicas como llegara a imaginar y las dimensiones de la misma podían tornarse a
mi antojo, llegando incluso a desaparecer y trasportándome a un bosque disfrazada de indio, cuya misión era acabar con los vaqueros y sus armas que escupen fuego. ¿Qué más
podía pedirle a esta habitación marcada desde el minuto 0 con la huella de mi
pie de 5 años? Que casualidad más maravillosa que la pequeña marca de una
travesura infantil, como fue pisar en el parqué recién barnizado de una habitación
al azar de una casa en obras, siga presidiendo 21 años después la entrada de mi
habitación. ¡Pequeña loquilla con suerte! Aún
hoy día cada vez que vengo a dormir la busco entre las marcas de la madera y
sonrío sin poder evitar un brote cálido de felicidad inconsciente.
De esta parte de mi mundo material no sólo
recuerdo ése pequeño gran espacio; salgo y veo la habitación maravillosa de mi
hermana… era tan extraña, grande y
misteriosa!. Quizá por eso no paraba de desear poder revolver entre sus cajones
en busca de pequeñas maravillas que observaba como mágicos trozos de tesoros de
piratas, siempre bajo la atenta mirada de los gnomos y brujas, dueños y protectores de aquellas 4 paredes
cuando mi hermana no estaba…
“No! Hoy no os podréis
chivar! He conseguido robarle un boli amarillo y una goma y os vais a quedar
calladitos sin decir nada o mis osos de peluche vendrán a por vosotros y os
harán aún más grandes esas orejotas”
– amenazaba la pequeña Billy la niña,
en mi cabeza, mirándolos desafiante.
Siguiente
punto… ¡La cocina! No sólo donde comía, sino también mi rincón narcisista, de
estudio y de convivencia. Mientras comía mis ojos buscaban mi reflejo en el
viejo microondas, casualmente colocado frente a mi asiento… era tan entretenido
comprobar cómo se movían los mismos músculos para comer y para hablar… Me
pregunto qué pasaría si esa vieja y gran mesa también pudiera hablar, ¡pobre!,
la de horas que habremos pasado juntas ¿A cuántos exámenes podría haber
asistido por mí?, soportó paciente horas de debate interminable con mi mejor
amigo sobre el porqué de nuestros fallos con aquellas dificilísimas divisiones
por tres números o en las odiadas raíces cuadradas, también gritos,
discusiones, risas, decenas de cumples, de fiestas de patatas con mi hermana a
la hora de la merienda, interminables juegos de “si fuera” … y aún hoy sigue
sujetándonos con sus fuertes patas. Si existiera una única imagen sobre ella
que guardar sería la de mi abuelo en la cabecera a mi derecha entre la puerta
abierta y la pared, y frente al radiador con los ojos perdidos en pensamientos
mientras mastica y yo me paro a pensar si estará bien o no, además del ritual
de siempre… “Vámonos abuelo, que llegamos
tarde al cole”- le gritaba desde la puerta, donde frente a un espejo enorme
me calzaba los zapatos sentada en el suelo – “Tranquila, que no se te escapa el bus” – respondía siempre con la
misma tranquilidad, mientras yo desde aquella perspectiva, veía su figura de
espaldas envuelta en una nube de vapor de agua, sujetando una pota, mientras la
fregaba a mil grados centígrados.
El
calor siempre es algo que destaca en mi recuerdo cuando pienso en mi abuelo,
sobre todo cuando paso a su habitación y pese a las actuales diferencias
estructurales, aún puedo ver cómo sorbía los ponches en su taza de bigote,
mientras yo me sentaba apampada pensando que eso sólo podía ser posible con
superpoderes… si la habitación de mi hermana me encantaba, aquella era un
verdadero paraíso… llena de armas y trofeos que un día soñaba con alcanzar
aprendiendo a disparar “Cuando llegues a
los 16 te enseño, pero aún eres muy pequeña, tienes que ser capaz de levantar
esta escopeta tu sola” – decía. ¡Aquella escopeta! Ni que fuera tan fácil
levantar semejante bicharraco, aun así nunca perdía la esperanza, yo quería ser
tan buena “disparadora” como él y ganar premios llenando mi habitación de
copitas. Pero lo que más me gustaba eran los tesoros escondidos del secreter,
que en su día había estado ya en la habitación de mi hermana, pero que en
aquella, él guardaba pins, cajas, papeles y sobre todo los dibujos que yo le
hacía.
Frente
a esa habitación mágica, la de mis padres, con esa cama tan grande y tan cómoda
en la que todos los dolores pasaban y todos los mimos aumentaban a la vez que
disminuían con las caricias de mami. Cientos de figuritas en la cabecera de la
cama y el despertador de mi padre en la parte de la derecha, al lado de la
ventana, donde me tumbaba yo y me quedaba dormida cuando mi madre ya no podía
más con el día y ya me había leído el capítulo del libro que tocaba, o habíamos
hecho una página del crucigrama correspondiente… la de veces que me habré
dormido mirando para aquel despertador imaginando cómo se cambiaban los números
con unas pequeñas pinzas que unos enanitos dentro del aparato colocaban poco a
poco y encendían como si fueran tubos fluorescentes de luz.
Por
último… la sala, donde montaba fiestas con mi hermana por cada merienda con un
poco de patatas o palomitas con cocacola mientras veíamos “Blossom” o “Yo y el
mundo”, donde usar la mesa grande de cristal podía semejarse a un regalo divino
y donde mi imaginación volaba e imaginaba ser desde Baby, de “Dirty Dancing”,
hasta Bella, de “La Bella y la Bestia”, pasando por la cantante de “Amistades
Peligrosas” o la misma Laura Pausini… Eso sí, cuando llegaban los mayores, la
peque sabía su lugar, siempre entre el abuelo que tenía su sitio en la zona más
cercana a la tele, próximo a la puerta y papá, que se sentaba de frente a la
tele en la punta contraria del cheslón, cerca de la terraza. Cientos de tratos
con el abuelo para poder ver los dibujos mientras que él quería ver qué pasaba
en el mundo, cientos de mimos en el colo de papi, el que recuerdo con más cariño,
viene del día en que mi melena enorme y perfecta desapareció… recuerdo cómo
antes de bajar a la peluquería mi padre me acariciaba con mimo y yo sentía que
no quería moverme de allí.
Pequeños
maravillosos detalles… Hay tanto en una casa, incluso en los sitios más tontos…
un pasillo que servía de vía rápida entre la torta que me caería en la cocina y
la salvación del baño, encerrándome y echando el pestillo… . Un baño inundado
por la misteriosa desaparición de los cereales de chocolate que decidí no desayunar
y colar por las rendijas del lavabo, hasta que no pudo más y profesionalmente
abrí el desague con un destornillador de estrella… . Poner una velita para
hacer bonito dentro de una cajita de cartón y plástico, típica de las joyerías,
en la terraza y olvidarte de ella por estar jugando hasta el punto en el que
casi incendias toda la terraza, incluyendo las plantas hipercuidadas de mamá,
al obviar el comentario de tu mejor amigo “¿No
te huele a quemado?” … . Jugar al escondite con tu abuelo por la casa como
si fuese un palacio y trolearle con los sitios por donde dices que te has
movido, aunque sean mentira, hasta conseguir librarte y volver a tocar la
panda… . Bajar por el ascensor sabiendo que la melodía que escucharás será
hecha con una llave en concreto del llavero del abuelo sobre el frio metal de
la puerta del ascensor cerrada y sonreír siguiendo el ritmo con la cabeza… .
Furar la pared del rocho con utensilios varios de carpintería, que tu padre un
feliz día te dejó y tu destinaste en saber si se podrían comunicar dos
edificios como en la película de “Fuga de Alcatraz”…
Reír,
soñar, llorar, bailar, aprender, descubrir y crecer… Así fue mi vida aquí…
Nunca querré olvidar nada de esto… ésta soy yo, gracias a todo ello estoy y soy
así.
FUI
FELIZ….SOY FELIZ…. FELIZ 2015


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