Promesas,
promesas y más promesas, nacen de nuestros labios y quien las escucha imagina
todo lo que pueden dar de sí en un futuro quizás no muy lejano; el corazón
salta, la sangre hierve, las sonrisas se iluminan en las caras y creemos que
ese sueño, a veces inalcanzable, es tan real que se podría tocar.
Contigo
mi futuro soñado y mis más grandes deseos se están realizando, pero las
promesas siguen ahí y me da miedo que ahí queden sin más, prométeme que se
cumplirán, prométemelo, y sigue prometiendo hasta que sean tan reales que la
cuna de tranquilidad y paz que me aportan no sea necesaria, porque las pueda
palpar.
Temor
al destino, a mi propia suerte y la tuya, escrita por algún ente divino en la
inmensidad del cosmos, hace que cuando alguien me pregunta por mi creciente
felicidad, mi corazón se encoja, y mis labios silenciosos guarden el mayor de
sus instintos... gritar que te amo y que deseo con toda mi alma pasar el resto
de mis días a tu lado, siendo la madre de tus hijos, hasta que un día... en la
misma mecedora, donde tantas veces me habrás visto dormir cantando a nuestros
hijos y nietos, mis pulmones asuman su último aliento de vida, mostrando la más
dulce de las sonrisas dedicada al gran amor de mi vida.

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