8 de junio de 2025

Mi pequeño gran amor

 A veces me pregunto cómo es posible que algo tan pequeño, tan nuevo, tan indefenso… pueda contener en su pecho la fuerza de mil soles. Y entonces me acuerdo de ti. De tu primer llanto, de cómo abriste los ojos aquel día y yo supe, sin la menor duda, que ya no me pertenecía a mí la vida. Que mi corazón, mi rumbo, mis certezas… se habían quedado a vivir en tu cuerpecito diminuto.

Desde el momento en que saliste de mí —tan valiente, tan fuerte, tan tú— ya no hubo vuelta atrás. Éramos tú y yo. Un equipazo desde el primer segundo, como si en esa sala, en ese instante en que el mundo se deshacía para volverse otra cosa, nos hubiésemos dado la mano sin decir nada y hubiésemos dicho: “Aquí estamos, juntos. Pase lo que pase.”

Fuiste tú, minchiña, quien me salvó cuando el miedo me tenía tomada del cuello. 

A veces me he preguntado si de verdad existe eso que llaman un ángel de la guarda. Esa presencia que nos cuida sin descanso, que nos levanta sin hacer ruido, que nos abraza sin tocarnos siquiera. Y, sabes, yo ya no lo dudo. Porque si existe, yo lo encontré. Y no venía del cielo… venía de mí. Tú llegaste a salvarme. Desde el primer aliento que soltaste, supe que no eras solo un niño: eras mi guía, mi empujón, mi cuerda en medio del abismo. No fui yo quien te protegió. Fuiste tú quien me sostuvo cuando no sabía cómo seguir. Fuiste tú quien me dio la respuesta que tanto temía dar, quien me empujó a elegir la luz en una nueva vida cuando más oscuros se ponían mis días.

Porque si todos cruzamos alguna vez con nuestro demonio, yo también tuve la suerte de toparme contigo… mi ángel guardián. Nunca fui yo quien te protegía… eras tú, con tu simple existencia, con tu amor incondicional, con tu mirar sincero desde tan chiquitito, quien tejía un escudo invisible a mi alrededor.

Porque tienes un corazón inmenso, hijo. Más grande que el cielo que nos cubre. Una bondad que desarma, una risa que cura, una forma de amar que no se aprende, que simplemente se trae puesta de fábrica.

Estoy orgullosa de cada uno de tus pasos, aunque parezcan tontos a ojos del mundo. Pero yo los he visto, los he vivido desde el primer día. He visto cómo aprendías a caminar solito, a dejar los pañales, a dormir en tu cama aunque me llamaras bajito cuando la noche te daba miedo. Te vi con el mandilón del cole por primera vez, y no sé si era yo la que se hacía la valiente, o tú. Porque siempre fuiste tú el valiente.

Y ahora te miro, con tus seis años, mi halconcito, y me cuesta creer cuánto has volado ya. Montando en bici, nadando sin miedo, poniéndote los patines como si fueras a conquistar el mundo, aprendiendo a hablar con esa voz tan tuya que a veces me asombra por todo lo que guarda.

Te has hecho grande, sí, pero sigues siendo ese ser luminoso que nació con el amor más profundo que he sentido en la vida. Un amor que no pide nada, que no pone condiciones, que simplemente se da. Un amor que me ha hecho mejor, más fuerte, más humana, que me ha enseñado lo que significa ser mamá. Un amor que me curó.

Tus abrazos, tus besos, tus miradas —desde que eras un bebé y ahora también— han sido y siguen siendo mi mayor tesoro. No hay joya en el mundo que brille como tus ojos cuando me miras. No hay fuerza más grande que la de tus pequeños brazos rodeándome cuando intuyes que algo duele.

Y quiero que lo sepas siempre, incluso cuando crezcas y pienses que no me necesitas tanto, incluso cuando tengas la certeza de que lo puedes todo, que la vida esta controlada y la tienes en la palma de la mano, cuando decidas que ya no es necesario que te tenga de la mano, aun así debes saber que: aquí estaré. En cada caída, en cada duda, en cada sueño, en cada tropiezo y en cada victoria. Seré ese abrazo al que puedes volver, esa voz que te dice que puedes, porque puedes y podrás siempre, no lo dudes, ese lugar seguro en el que no se le cierra nunca la puerta, sólo cuando estés denteo y necesites que los monstruos queden fuera.

Tenerte, Lucas, ha sido el regalo más rotundo y hermoso que me ha hecho la vida. Y no cambiaría nada. No querría otro niño, otra historia, otro destino. Te querría a ti una y mil veces. Con tu risa y tus manías, con tu dulzura y tu energía, con tus miedos y tus conquistas.

Gracias, mi halconcito, por elegirme. Por salvarme sin saberlo. Por seguir volando sin soltarme del todo.

Siempre, siempre, siempre te querré hasta Yakutake.

No hay comentarios: